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Facebook, ¿la red social que nos entristece?

A día de hoy, nadie pone en duda que la invención de Mark Zuckerberg tiene el potencial para cambiar profundamente el modo en que nos comunicamos. Facebook reúne familias, estrecha lazos, entabla relaciones nuevas y mucho más: es un altavoz de noticias, una ventana al entretenimiento y una manera incuestionable de conectarnos con el mundo. Sin embargo, como toda herramienta poderosa, Facebook puede provocar en quien lo usa efectos muy potentes… y no todos ellos positivos.

Ya en 2009, Sebastian Valenzuela y otros investigadores de la Universidad de Texas realizaron un interesante estudio que medía el nivel de satisfacción en 2500 estudiantes dependiendo de la frecuencia de uso de Facebook. Lo que este equipo descubrió es que no había evidencia real de la correlación redes sociales = sociabilidad.

Pero  más recientemente, otro equipo ha ido más allá. Psicólogos de la Universidad de Michigan y de Leuvem (Bélgica) se propusieron estudiar cómo cambiaba el ánimo de un grupo de personas que accedían a Facebook cinco veces al día durante dos semanas. Los resultados demostraron que cuanto más accedían a la red social, más infelices e insatisfechos con sus vidas se mostraban los individuos.

Las causas pueden ser variadas. Todo gira en torno al «síndrome del mundo amistoso», como lo llaman algunos sociólogos: según esta teoría, se genera una respuesta de frustración cuando tenemos la impresión de que todos a nuestro alrededor lo están pasando mejor que nosotros. Nuestro timeline de Facebook puede dar a veces esa impresión, estando como está repleto de fotos de vacaciones, cumpleaños, juergas, romances y conciertos. Sin embargo, no debemos olvidar que al fin y al cabo la red social es un escaparate de los buenos momentos, y el hecho de que nuestros contactos compartan esos destellos no significa que sus vidas sean mejores o más interesantes.

Como dijimos cuando se dio la voz de alarma sobre la capacidad de Facebook para romper parejas, recordemos que la vida virtual, aunque sea imprescindible para la comunicación tal y como la conocemos, no debe sustituir jamás a la vida del mundo real.